
(Noche Estrellada, Vincent Van Gogh)
Había una vez una pequeña princesa que siempre estaba con un libro entre las manos. Esperando. Un día, pasó por ahí un hombrecito azul. Al verla quedó alucinado y acercándose le dijo: "-yo soy Azul y vengo de un lugar en donde todas las cosas son azules. Hay una plaza y un otoño y un vientecillo que levanta las hojas. Los domingos hay una banda que toca música para los caminantes que van a la feria".
La princesita estaba desconcertada y, sin embargo, sonreía y luego -reía, reía, reía con las ocurrencias del hombrecito- Se enamoraron y corrían por las calles de la ciudad, se tomaban de las manos y corrían. Azul, escribía en la tierra el nombre de su princesa sin palabras. Los niños y niñas reían al verlos pasar, pese a que eran una pareja dispar, eran divertidos y entregaban amor y alegría a los demás.
De pronto, súbitamente, el mundo se oscureció. Un eclipse solar como mensajero anunciaba la Guerra. Una peste negra que caería sobre la ciudad, y el país, y el mundo de los dos amantes. La sombra cae sobre los parques y las calles, sobre todos los seres vivos, los negros, los amarillos, los blancos, los azules. Ellos iban tomados de las manos, cuando la sombra los alcanzó, aplastándolos contra el muro. Ella sobrevivió. De él sólo quedaría el pequeño corazón azul. El miedo, el egoísmo, la traición, el odio, la nada... se apoderó de la gente. Las sombras contaban con un ejército que por todas partes torturaba y mataba. Pero el pequeño corazón azul había seguido latiendo, y latía... sístole, diástole, se expande y se contrae, avanza y se retira, como si quisiera un nuevo cuerpo que pueda resistir a la oscuridad, el corazón se ilumina y se opaca, y se vuelve a iluminar hasta que se transforma en un faro en medio de la niebla, siempre en las manos de su princesa, y ella lo acunaba entre sus brazos dándole el refugio que necesitaba. Ella luchó tanto que enfermó y hubo que internarla en un hospital, agotada, entregó el pequeño y valiente corazón a otro combatiente de la comunidad. Dicen que éste lo puso en un altar y lo llevó de pueblo en pueblo para que la gente recuparara la esperanza. Así el pueblo luchó, se resistió a las sombras, y la luz fue volviendo al mundo, y ésta traía mil matices nuevos, a cada explosión, la gente recuperaba su cuerpo, un pulmón, una mano, dos piernas que sabian bailar. Y dale que dale. Un árbol, una flor, un río, una montaña, dos ojos, unos labios que besan, siluetas que se recortan contra la luz. Y por todas partes van estallando los colores: amarillos, verdes, rojos, los colores nacidos del azul originario. El espíritu del hombrecito, había acuchillado a la Sombra, arrancándole del vientre a todos los hombres y mujeres heridos por el silencio.
Mas las sombras tienen garras poderosas, que alcanza hasta a los espíritus, en el combate, la luz, se hacía más y más vibrante y se reproducía más y más, tanto que llegó a alcanzar la magnitud de una estrella, pero todos sabemos que las estrellas que vemos han desaparecido hace millones de años, y eso le ocurrió al espíritu del hombrecito azul, se mezcló con la luz del universo y desapareció. Fue así como la princesa, que ya había crecido junto con la guerra, no pudo encontrar al espíritu de su hombrecito, pese a que lo buscara y lo buscara, fuese a todos lados en donde le decían que estaba el altar, todo en vano.
Al final, se quedó en un pueblo cualquiera a construir una casa para vivir en paz lo que le quedara de vida. Un día, un extraordinario vientecillo hizo vibrar las cuerdas de su corazón, a lo lejos en la cima del camino divisó a un hombre vagabundo, que venía desde muy lejos, a lo mejor de la Guerra, ella no lo podía saber, lo siguió con la mirada hasta que éste estuvo en frente suyo, cuando lo miró a los ojos se estremeció, en su mirada cabía todo el universo, su mirada era azul.
Publicado por Jaime Hagel en: Narradores Novísimos, Ediciones Cerro Huelén, 1984.